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2006年2月

de "La mansa"

¡Estaba ciega, ciega! ¡Ahora está muerta y no oye! No sabes el paraíso que te tenía preparado. ¡Mi alma es un paraíso que yo hubiera hecho florecer para ti! Hubieras podido no amarme… Bueno, ¿y qué? Las cosas hubieran seguido como hasta entonces, todo hubiera permanecido igual. Me habrías hablado como a un amigo… nos habríamos regocijado, habríamos reído de gozo mirándonos mutuamente. Y habríamos vivido. Y aunque hubieras amado a otro… bueno ¿y qué? Habrías ido de paseo con él riendo, y yo os habría contemplado desde la otra acera de la calle… ¡Oh! ¡Cualquier cosa, cualquier cosa, con tal de que abrieses los ojos una vez siquiera! ¡Un instante, aunque sólo fuese un instante! ¡Si me mirase como lo hizo esta mañana, cuando me prometió que sería mi mujer fiel! ¡Oh! ¡Una mirada le bastaría para comprenderlo todo!

¡Oh fuerza ciega! ¡Oh naturaleza! ¡Los hombres están abandonados en la tierra… eso es lo espantoso! “¿Hay un hombre vivo en el país?” –gritó el héroe ruso. Yo grito lo mismo, aunque no soy un héroe, y nadie me contesta. Dicen que el sol da vida al universo. El sol brilla… y mirad: ¿no está muerto eso? Todo está muerto y por todas partes se ve la muerte. Los hombres se hallan abandonados… en torno de ellos, el silencio… ¡esa es la tierra! “Hombres, amaos los unos a los otros” -¿quién lo dijo? ¿Qué mandamiento es éste? El péndulo prosigue en su tic-tac insensible, despiadado. Las dos de la madrugada. Sus zapatitos están junto a su camita como si la esperasen…
No realmente, cuando se la lleven mañana, ¿qué será de mí?

 

DOSTOYEVSKI, La mansa

2006年2月

Psalle et sile

No turbar el silencio de la vida,
ésa es la ley... Y sosegadamente
llorar, si hay que llorar, como la fuente
escondida.

Quema a solas - ¡a solas!- el incienso
de tu santa inquietud, y sueña, y sube
por la escala del sueño... Cada nube
fue desde el mar hasta el azul inmenso.

Y guarda la mirada
que divisaste en tu sendero - una
a manera de ráfaga de luna
que filtraba el tamiz de la enramada-;
el perfume sutil de un misterioso
atardecer; la voz cuyo sonido
te murmuró mil cosas al oído;
el rojo luminoso
de una cumbre lejana;
la campana
que daba al viento su gemido vago...

La vida debe ser como un gran lago
cuajado al soplo de invernales brisas,
que lleva en su blancura sin rumores
las estelas de todas las sonrisas
y los surcos de todos los dolores.

Cada emoción sentida,
en lo más hondo de tu ser impresa
debe quedar, porque la ley es ésa:
no turbar el silencio de la vida,
y sosegadamente
llorar, si hay que llorar, como la fuente
escondida...

Enrique González Martínez