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2006年3月 Del inconveniente de haber nacidoNo haber nacido, de sólo pensarlo, ¡Qué felicidad, qué libertad, qué espacio!
Cuando me paseaba, tarde, por el camino bordeado de árboles, una castaña cayó a mis pies. El ruido que hizo al estallar, el eco que se suscitó en mí, y un temblor desproporcionado con respecto a ese ínfimo incidente, me sumergieron en el milagro, en la embriaguez de lo definitivo, como si no hubiera ya más preguntas, sólo respuestas. Me sentía ebrio de mil evidencias inesperadas con las que no sabía qué hacer...
Así fue como estuve a punto de alcanzar mi momento supremo.
Pero creí preferible continuar el paseo.
Se que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible, y, no obstante, apenas me descuido me comporto como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marchar y el equilibrio del mundo.
Aspirar en lo más profundo de uno mismo, a estar tan desposeído, a ser tan lamentable como Dios.
Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación.
En la costa normanda, a hora tan temprana, no necesitaba a nadie. La presencia de las gaviotas me molestaba y las hice huir a pedradas. En sus chillidos de estridencias sobrenaturales comprendí que era eso precisamente lo que necesitaba, qué solo lo siniestro podría apaciguarme, y que para hallarlo me había levantado tan de mañana.
Estar vivo; de pronto me sorprende lo extraño de esta expresión, como si no estuviera referida a nadie.
Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado.
La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor. No es de extrañar que todo ser venido sea un maldito.
Me atrae la filosofía hindú cuyo propósito esencial es el de superar el yo: todo lo que hago y todo lo que pienso es únicamente yo y desgracias del yo.
En este momento, me siento mal. Este acontecimiento, crucial para mí, es inexistente, inconcebible para el resto de los seres, de todos los seres. Salvo para Dios, si es que esa palabra tiene algún sentido.
¿Dónde están mis sensaciones? Se han desvanecido en… mí, ¿y qué es ese yo sino la suma de esas sensaciones evaporadas?
Extraordinario y sin ningún valor: estos adjetivos se aplican a un cierto acto, y, en consecuencia, a todo lo que de él resulta: a la vida en primer lugar.
La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto.
Es imposible aceptar ser juzgado por alguien que ha sufrido menos que nosotros. Y como cada cual se cree un
Job desconocido…
Confesamos nuestras penas a otra persona sólo para hacerla sufrir, para que cargue con ellas. Si quisiéramos que se apegara a nosotros, le hablaríamos de nuestros tormentos abstractos, únicos que acogen con
presteza todos los que nos aman.
No me perdono el haber nacido. Es como si, al insinuarme en este mundo, hubiese profanado un misterio, traicionado algún compromiso de magnitud, cometido una falta de gravedad sin nombre. Pero a veces soy menos tajante: nacer me parece una calamidad que, de no haberla conocido, me tendría inconsolable.
El pensamiento no es nunca inocente. Porque es implacable, porque es agresión, nos ayuda a romper nuestras trabas. Si se suprimiera lo que entraña de maldad, e incluso de demoníaco, habría que renunciar también al concepto de liberación. Desde hace tiempo, desde siempre, tengo conciencia de que este mundo no es lo que necesitaba y que no podría habituarme a él; por eso y sólo por eso, he adquirido algo de orgullo espiritual, y mi existencia se me presenta como la degradación y el desgaste de un salmo.
Ninguna diferencia entre el ser y el no-ser, si uno los aprehende con igual intensidad.
Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta.
Dos tipos de espíritu: diurnos y nocturnos. No tienen el mismo método ni la misma ética. En pleno día uno se vigila; en la oscuridad se dice todo. Las consecuencias saludables o enojosas de lo que piensa le importan poco al que se interroga durante las horas en que los demás se entregan al sueño. Rumia la mala suerte de haber nacido sin preocuparse del daño que pueda hacerle a otro, o a sí mismo. Después de la medianoche empieza la embriaguez de las verdades perniciosas.
Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: “¿De qué le sirvió nacer?”, hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.
Con respecto a la muerte oscilo sin cesar entre el “misterio” y la “nada”. Entre las pirámides y la morgue.
Levantarse, acicalarse y después esperar alguna variante imprevista de tedio o de horror.
Daría el mundo entero y todo Shakespeare por una brizna de ataraxia. El creer en lo que uno hace o en lo que hacen los otros es entusiasmarse con tonterías. Se debería abandonar sin más a los simulacros, e incluso a las realidades “realidades”, situarse fuera de todo y de todos, apartar o aplastar los apetitos, vivir, como dice un proverbio hindú, con tan pocos deseos como un “elefante solitario”.
No es humilde aquel que se odia.
En algunos, todo, absolutamente todo, tiene que ver con la fisiología: su cuerpo es su pensamiento, su pensamiento es su cuerpo.
Siempre he buscado paisajes anteriores a Dios. De ahí mi debilidad por el caos.
He decidido no detestar más a nadie desde el momento que he observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo.
No existe un solo instante en el que no haya estado consciente de encontrarme fuera del paraíso.
Hay noches que ni el más ingenioso torturador podría haberse inventado. Sale uno deshecho, estupidizado, perdido. Sin recuerdos ni presentimientos, y sin saber siquiera quién se es. Y entonces es cuando el día parece inútil, y la luz perniciosa y más opresora aún que las tinieblas.
No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.
Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.
Más de una vez me ha ocurrido salir de casa porque, de haberme quedado, no estaba seguro de poder resistir a alguna resolución súbita. La calle es más tranquilizadora porque se piensa menos en uno mismo, y porque en ella todo se debilita y se deteriora, empezando por las angustias.
Habiendo vivido siempre con el temor de ser sorprendido por lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera.
Cada cual cree, de manera inconsciente, que es el único que persigue la verdad, que los demás son incapaces de buscarla e indignos de alcanzarla. Esta locura está tan arraigada y es tan útil, que es imposible imaginar lo que ocurriría con cada uno de nosotros el día que desapareciera.
Este instante ha desaparecido para siempre, se ha perdido en la masa anónima de lo irrevocable. No volverá nunca. Sufro por ello y no sufro. Todo es único – e insignificante.
Caminar a orillas de un río, pasar, correr con el agua, sin esfuerzo, sin precipitación, mientras que la muerte continúa en nosotros su rumiar, su soliloquio ininterrumpido.
Pretenderse más desapegado, más ajeno a todo que cualquiera y no ser más que un loco de la indiferencia.
Por muy desengañados que estemos, es imposible vivir sin alguna esperanza. Siempre conservamos una, a pesar nuestro, y esa esperanza inconsciente compensa todas las demás, explícitas, que hemos rechazado o agotado.
Después de una noche de insomnio, los transeúntes, parecen autómatas; se diría que ninguno respira, ni camina. Todos parecen movidos por un resorte: ninguna espontaneidad; sonrisas mecánicas, gesticulaciones de espectro. Si tú mismo eres un espectro, ¿cómo ibas a ver en los demás a seres vivos?
Ser estéril, ¡y con tantas sensaciones! Perpetúa poesía sin palabras
Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos, ni para bien ni para mal, permanecerá más acá de sus talentos, y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.
No permanece sino lo que ha sido concebido en la soledad, de cara a Dios, se sea creyente o no creyente.
Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir. Todo.
Saciedad: no bien acabo de pronunciar esa palabra y ya no sé a propósito de qué, de tal manera puede aplicarse a todo lo que siento y pienso, a todo lo que amo y detesto, a la misma saciedad.
Lo interminable es la especialidad de los indecisos. No pueden resolver nada en la vida, y mucho menos en sus sueños, donde perpetúan sus vacilaciones, sus cobardías, sus escrúpulos. Son idealmente aptos para la pesadilla.
“Todo carece de sustancia y de sustancia”, nunca me lo repito sin sentir algo parecido a la felicidad. Lo malo es que hay infinidad de momentos en los que no consigo repetírmelo…
No es fácil hablar de Dios cuando no se es ni creyente ni ateo; ese es sin duda el drama de todos nosotros, incluyendo a los teólogos: el de no poder ser ni lo uno ni lo otro.
Todos los que se agitan comente injusticia tras injusticia, sin sentir el menor remordimiento. Sólo mal humor. El remordimiento está reservado a quienes no actúan ni pueden actuar. Es su subtítulo de la acción, les consuela de su ineficacia.
Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo. Todo adquiere un aspecto distinto, empezando por la muerte. Parece próxima y deseable, nos reconciliamos con ella y llegamos a considerarla “la mejor amiga del hombre”, como la llama Mozart en una carta a su padre moribundo.
Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.
“La verdad permanece oculta para aquel que está lleno de deseos y de odio” (Buda)
… Es decir para todo ser viviente. “Comete usted un error en creer en mí”
¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado. Toda mi vida he vivido con el sentimiento de haber sido alejado de mi verdadero sitio. Si la expresión “exilio metafísico” no tuviera ningún sentido, mi propia existencia se lo daría.
Ante una tumba se imponen las palabras juego, impostura, broma, sueño. Imposible pensar que la existencia sea un fenómeno serio. Certeza de un engaño desde el principio, en la base. Se debería escribir en el dintel de los cementerios: “Nada es trágico. Todo es irreal”
No mires hacia atrás ni hacia delante, mira en ti sin temor ni nostalgia. Nadie desciende en sí mismo mientras permanezca esclavo del pasado o del futuro.
“¿Acaso tengo el aspecto de alguien que tiene algo que hacer aquí abajo?” Eso es lo que quisiera responder a aquellos que me preguntan sobre mis actividades.
Todo gira alrededor del dolor; lo demás es accesorio, inexistente, puesto que sólo recordamos lo que hace daño. Las sensaciones dolorosas son las únicas reales; es casi inútil experimentar otras.
Siento que soy libre, pero se que no lo soy
Suprimía de mi vocabulario palabra tras palabra. Terminada la destrucción, una sola sobrevivía: Soledad.
Me desperté colmado. Si hasta ahora he podido resistir es porque, a cada abatimiento que me parecía intolerable, seguía otro más atroz, luego otro y así sucesivamente. Si estuviera en el infierno, desearía ver multiplicarse los círculos para poder esperar una nueva prueba, más rica que la anterior. Política saludable, al menos en materia de tormentos.
Es difícil saber qué fibra nuestra hiere la música; lo cierto es que toca una zona tan profunda que ni la misma locura sabría llegar a ella.
Deberíamos haber sido dispensados de arrastrar un cuerpo. Bastaba el peso del yo.
Años y años para despertar de ese sueño en el que se complacen los demás; y, después, años y años para huir de ese despertar...
Cuando discernimos la irrealidad de todo, nosotros mismos nos tornamos irreales, comenzamos a sobrevivirnos, por muy fuerte que sea nuestra vitalidad o imperiosos nuestros instintos. Pero ya no son más que falsos instintos y falsa vitalidad.
Si estás condenado a atormentarte, nada podrá impedirlo: una tontería te empujará igual que un gran dolor. Resígnate a consumirte bajo cualquier pretexto: así lo quiere tu suerte.
Vivir es ir perdiendo terreno.
El problema de la responsabilidad sólo tendría sentido si nos hubiesen consultado antes de nuestro nacimiento y hubiésemos aceptado ser precisamente ese que somos.
¡Haber fracasado siempre en todo, por amor al descorazonamiento!
El único medio de salvaguardar la soledad es hiriendo a todo el mundo, empezando por aquellos a quienes amamos.
Toda amistad es un drama oculto, una serie de heridas sutiles.
Esas noches de mis veinte años en que pasaba horas con la frente pegada a los cristales mirando la oscuridad…
En el transcurso de los siglos, el hombre se ha esforzado en creer, ha pasado de dogma en dogma, de ilusión en ilusión, y ha consagrado muy poco tiempo a las dudas, breves intervalos entre sus períodos de ceguera. A decir verdad, no eran dudas, sino pausas, momentos de descanso consecutivos a las fatigas de la fe, de cualquier fe.
Es incomprensible que aquel que goza de la inocencia, estado perfecto, quizá el único perfecto, quiera salir de él. Sin embargo, la historia, desde sus inicios hasta nuestros días, no es más que eso.
La certeza de no ser más que un accidente me ha acompañado en todas las circunstancias, propicias o contrarias, y aunque me ha preservado de la tentación de creerme necesario, no me ha curado sin embargo, de un cierto engreimiento inherente a la pérdida de las ilusiones.
En un momento dado, todos hemos tenido una experiencia extraordinaria que será, a causa de su recuerdo, el obstáculo capital para la metamorfosis interior.
El número prodigioso de horas que he gastado preguntándome sobre el “sentido” de todo lo que es, de todo lo que sucede… Pero los espíritus serios saben que es todo no tiene ningún sentido. Así que utilizan su tiempo y su energía en tareas más útiles.
Es obvio que Dios era una solución y que nunca se encontrará otra igualmente satisfactoria.
Antes en una alcantarilla que en un pedestal
Existencia igual a tormento. La ecuación me parece evidente. No lo es para uno de mis amigos. ¿Cómo convencerle? No puedo prestarle mis emociones; ahora bien, sólo ellas tendrían el poder de persuadirle, de aportarle ese suplemento de malestar que reclama con insistencia desde hace tanto tiempo.
No hay negador que no esté sediento de un catastrófico sí.
Dios es lo que sobrevive a la evidencia de que nada merecer ser pensado.
Habría que repetirse cada día: soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra.
Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta o acto: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza o rebeldía.
…De lo que se concluye que cada cual tiene razón en hacer lo que hace. El hombre acepta la muerte, pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.
Aceptamos sin temor la idea de un sueño ininterrumpido; en cambio un despertar eterno (la inmortalidad, si fuera concebible, sería eso) nos sume en el terror.
La inconsciencia es una patria; la conciencia un exilio. Cualquier impresión profunda es voluptuosa o fúnebre, o ambas a la vez
Nadie como yo ha estado persuadido de la futilidad de todo, nadie tampoco ha tomado tan a lo trágico tal cantidad de cosas fútiles.
Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor.
Lo único que debería enseñársele a los joven es que no hay nada, o casi nada que esperar de la vida. Pienso en un cuadro de desengaños colocado en las escuelas y en el que estarían representadas todas las decepciones reservadas a cada cual.
Sólo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada.
Todo lo que perseguimos es por una necesidad de tormento. La búsqueda de salvación es en sí misma un tormento, el más sutil y el mejor disfrazado de todos.
Si es cierto que al morir uno retorna a lo que era antes de ser, ¿no hubiera sido mejor mantenerse en la pura posibilidad y no moverse de ahí? ¿Para qué ese paréntesis cuando se hubiera podido permanecer siempre en una plenitud irrealizada?
Cuando se ha cometido la locura de confiarle a alguien un secreto, la única forma de saber que lo guardará, es matarlo de inmediato.
El deseo de orar no tiene nada que ver con la fe. Surge de un agobio particular, y durará tanto como él, incluso si los dioses y su recuerdo desaparecen para siempre.
En cuanto uno empieza a querer cae bajo la jurisdicción del Demonio.
No he conocido una sola sensación de plenitud, de dicha verdadera sin pensar que ese era el momento justo de retirarme para siempre.
Ir hasta los extremos del arte, y, más aún, del ser, es la ley de todo aquel que se cree elegido.
He buscado en la duda un remedio contra la ansiedad. El remedio ha terminado por hacer causa común con el mal.
Habiéndome levantado con serios proyectos en la mente, estaba convencido de que iba a trabajar toda la mañana. Apenas me había instalado frente a la mesa y el odioso, infame, estribillo: “¿Qué has venido a buscar en este mundo?”, vino a romper mi impulso. Y volví al lecho, como de costumbre, con la esperanza de encontrar alguna respuesta, o más bien de volverme a dormir.
Se opta y se toman resoluciones mientras se atiene uno a la superficie de las cosas; en cuanto se va al fondo, ya no es posible optar ni resolver, ya sólo se puede echar de menos la superficie…
Cuando uno se conoce bien, si no se desprecia totalmente, es porque se está demasiado cansado como para entregarse a sentimientos extremos.
No tengo fe afortunadamente. Si la tuviera, viviría con el temor constante de perderla. Así, lejos de ayudarme, no haría más que dañarme.
Si yo siguiera mi inclinación natural, haría estallar todo. Porque no tengo el valor de seguirla, en penitencia, intento embrutecerme en contacto con aquellos que han encontrado la paz. Los únicos momentos que recuerdo con alivio son aquellos en los que he deseado no ser nada para nadie, en los que he enrojecido ante la idea de dejar la menor huella en la memoria de quien sea…
Todos mis pensamientos están orientados hacia la resignación, y, no obstante, no pasa un día en que no trame algún ultimátum contra Dios o contra alguien.
Caminar por un bosque entre dos hileras de helechos transfigurados por el otoño; eso es un triunfo. En comparación, ¿qué son sufragios y ovaciones?
La certeza de que no hay salvación es una forma de salvación, es incluso la salvación. A partir de ahí da igual organizar la propia vida que construir una filosofía de la historia. Lo insoluble como solución, como única salida.
De nada me ha servido deshacerme de tantas supersticiones y ataduras, no puedo considerarme libre, alejado de todo. La locura del desistimiento ha sobrevivido a otras pasiones y no quiere dejarme; me fustiga, persevera, exige que siga yo renunciando. ¿Pero a qué? ¿Qué me queda por rechazar? Me lo pregunto. Mi papel ha terminado, mi carrera también, y sin embargo nada ha cambiado en mi vida, estoy en el mismo punto, debo desistir todavía y siempre.
Cada vez que me siento arrebatado por un acceso de furor, primero me aflijo y desprecio, luego me digo: ¡qué suerte, qué ganga! Todavía estoy vivo, todavía formo parte de esos fantasmas de carne y hueso…
No nacer es sin duda la mejor fórmula que hay. Desgraciadamente no está al alcance de nadie.
Nadie ha amado este mundo tanto como yo, y, no obstante, aunque me lo hubiesen ofrecido en una bandeja de plata, de niño incluso, hubiera exclamado: “Demasiado tarde, demasiado tarde”
Nada sobrepasa en gravedad las groserías y villanías que se cometen por timidez.
¿Qué le ocurre hombre, pero qué le ocurre? Nada, no me ocurre nada, es sólo que he dado un salto fuera de mi destino, y ahora ya no sé hacia dónde dirigirme, hacia que correr…
CIORAN, E.M., Del inconveniente de haber nacido 2006年3月 DespedidaConque entonces, adiós. ¿No olvidas nada? Bueno, vete... Podemos despedirnos. ¿Ya no tenemos nada que decirnos? Te dejo, puedes irte... Aunque no, espera, espera todavía que pare de llover... Espera un rato. Y sobre todo, ve bien abrigada, pues ya sabes el frío que hace allí afuera. Un abrigo de invierno es lo que habría que ponerte... ¿De modo que te he devuelto todo? ¿No tengo nada tuyo? ¿Has tomado tus cartas, tu retrato? Y bien, mírame ahora, amiga mía; pues que en fin, ya va uno a despedirse. ¡Vaya! No hay que afligirse; ¡vamos!, ¡no hay que llorar, que tontería! ¡Y que esfuerzo tan grande necesitan hacer nuestras cabezas, para poder imaginar y vernos otra vez los amantes aquéllos tan rendidos y tan tiernos que habríamos sido antes! Nos habíamos las vidas entregado para siempre, uno al otro, eternamente, y he aquí que ahora nos las devolvemos, y tú vas a dejarme y yo voy a dejarte, y pronto partiremos cada quien con su nombre, por su lado... Recomenzar... vagar... vivir en otra parte... Por supuesto, al principio sufriremos. pero luego vendrá piadoso olvido, único amigo fiel que nos perdona; y habrá otra vez en que tú y yo tornaremos a ser como hemos sido, entre todas las otras, dos personas. Así es que vas a entrar a mi pasado. Y he de verte en la calle desde lejos, sin cruzar, para hablarte, a la otra acera, y nos alejaremos distraídos y pasarás ligera con trajes para mí desconocidos. Y estaremos sin vernos largos meses, y olvidaré el sabor de tus caricias, y mis amigos te darán noticias de “aquel amigo tuyo”. Y yo a mi vez, con ansia reprimida por el mal fingido orgullo, preguntaré por la que fue mi estrella, y al referirme a ti, que eras mi vida, a ti, que eras mi fuerza y mi dulzura, diré: ¿cómo va aquélla? Nuestro gran corazón, ¡qué pequeño era! Nuestros muchos propósitos, ¡qué pocos!; y sin embargo, estábamos tan locos al principio, en aquella primavera. ¿Te acuerdas? ¡la apoteosis! ¡el encanto! ¡Nos amábamos tanto! De modo que nosotros – aún nosotros -. ¿Y esto era aquel amor? ¡Quien lo creyera! Cuando de amor hablamos ¿somos como los otros? He aquí el valor que damos a la frase de amor que nos conmueve. ¡Qué desgracia, Dios mío, que seamos lo mismo que son todos! ¡Cómo llueve! Tú no puedes salir así lloviendo. ¡Vamos!, quédate, mira, te lo ruego, ya trataremos de entendernos luego. Haremos nuevos planes, y aun cuando el corazón haya cambiado, quizá revivirá el amor pasado al encanto de viejos ademanes. Haremos lo posible; se portará uno bien. Tú serás buena. Y luego... es increíble, tiene uno sus costumbres; la cadena llega a veces a ser necesidad. Siéntate aquí, bien mío: recordarás junto de mí tu hastío, y yo cerca de ti mi soledad. Paul Geraldy. EnvíoEn tus aras quemé mi último incienso y deshojé mis postrimeras rosas. Do se alzaban los templos de mis diosas ya sólo queda el arenal inmenso. Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso, qué andar por entre ruinas y entre fosas! ¡A fuerza de pensar en tales cosas, me duele el pensamiento cuando pienso! ¡Pasó!...¿Qué resta ya de tanto y tanto deliquio? En ti, ni la moral dolencia, ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto. Y en mí ¡qué hondo y tremendo cataclismo! ¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia, y qué horrible disgusto de mí mismo! Manuel José Othón. 2006年3月 Olas gigantes que os rompéis bramandoOlas gigantes que os rompéis bramando Ráfagas de huracán que arrebatáis Nubes de tempestad que rompe el rayo Llevadme por piedad, a donde el vértigo Gustavo Adolfo Bécquer ¿De donde vengo?... El más horrible y áspero¿De donde vengo?... El más horrible y áspero ¿Adonde voy? El más sombrío y triste 2006年3月 El dobleSe parecía en aquel instante a un hombre que está parado al borde de un abismo, al filo mismo de un precipicio, que ya siente que se le escapa el terreno de debajo de los pies, y que de un momento a otro habrá de despeñarse en lo profundo, y que, sabiendo y viendo todo esto, no se retira atrás, al terreno sólido, ni tiene el valor de apartar la vista del abismo que le atrae, y que lo va atrayendo, atrayendo con fuerza cada vez mayor, y no lo suelta, hasta que, por último, se arroja él mismo como espontáneamente, a lo hondo, sólo para acelerar la ruina inevitable.
DOSTOYEVSKY, El doble |
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