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2006年5月

Vienes a mi

Vienes a mi, te acercas y te anuncias
con tan leve rumor, que mi reposo
no turbas, y es un canto milagroso
cada una de las frases que pronuncias.

Vienes a mi, no tiemblas, no vacilas,
y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspenso en la luz de las pupilas.

Y mi vida penetras y te siento
tan cerca de mi propio pensamiento
y hay en la posesión tan honda calma,
que interrogo al misterio en que me abismo,
si somos dos reflejos de un ser mismo,
la doble encarnación de una sola alma.

 

Enrique González Martínez.
2006年5月

El pensamiento de la muerte

En tal estado de desesperación se hallaba Giebenrath cuando otro fantasma se le presentó traicioneramente disfrazado de consuelo y descanso, con el que poco a poco se fue familiarizando: el pensamiento de la muerte.

Era fácil procurarse un arma de fuego o conseguir una cuerda para colgarse de algún árbol en el bosque. Tales pensamientos lo acompañaban diariamente en sus paseos por el bosque y se dedicó a buscar el lugar más apropiado, hasta que al fin encontró uno en donde le resultaría agradable morir y decidió en definitiva poner allí fin a sus días. Con frecuencia llegaba hasta aquel lugar, se sentaba, gozaba de extraño placer al pensar que pronto encontraría allí su cuerpo pendiente de una rama. Había probado ya la resistencia de la rama elegida y ningún obstáculo quedaba por salvar para realizar su plan. Poco a poco fue redactando la carta de despedida que destinaba a si padre y otra dirigida a Harry Heilner, las cuales serían halladas en la ropa de su cadáver.

Estas disposiciones y la sensación de seguridad que le daba la resolución tomada ejercieron en él una benéfica influencia. Se pasaba interminables horas sentado bajo la rama, durante las cuales aquella sensación de opresión que le agobiaba era sustituida por otra casi de bienestar.

No concebía el porqué de no haberse colgado ya de esa rama. La decisión estaba tomada, había resuelto morir, pero a menudo se sentía bastante bien y no desdeñaba gozar de la belleza del sol o de soñar despierto como lo hace quien piensa hacer pronto un largo viaje. Podía partir en cualquier momento; todo estaba preparado y encontraba cierta satisfacción en pasearse tranquilamente entre todo aquello que le rodeaba y en contemplar los rostros de gente que no tenía la menor idea de la terrible resolución que había tomado. Cada vez que se tropezaba con el médico, le venían ganas de decirle: “¡Ahora si, ya verás!, ¡ya verás!”.

El destino le permitió la satisfacción de pensar en sus negros designios y le dejaba disfrutar algunas gotas de placer y de picoso sabor en la copa de la muerte. El destino se había mostrado indiferente ante esa vida joven ya deshecha, pero tenía que concederle completar su círculo y no podría dejar que abandonaran el campo de lucha sin que paladeara más el amargo dulzor de la vida.

 

HESSE, Hermann. Bajo la rueda
2006年5月

Mi secreto

En todo caso, mi actuación despertó tu interés; me había hecho interesante a tus ojos. Mientras paseábamos juntos sentí que tratabas de clasificarme a través de nuestra charla. Tu percepción, tu conocimiento profundo en toda la gama de las emociones humanas, te hacía comprender certeramente que te encontrabas ante alguien diferente; que aquella bonita y complaciente joven tenía un secreto. Tu curiosidad se había develado, y por tus discretas preguntas demostrabas el intento de averiguar mi misterio. Pero mis respuestas eran evasivas. Prefería aparecer como una tonta antes que develar mi secreto.

 

ZWEIG, Stefan. Carta de una desconocida.

2006年5月

Estás boca arriba en la oscuridad

Eres un viejo que avanza con paso cansino por una estrecha carretera comarcal. Has salido al amanecer y ahora es el ocaso. El único sonido en el silencio son tus pasos. Mejor dicho, los únicos sonidos, pues de uno para otro varían. Escuchas paso tras paso y los añades mentalmente a la suma en aumento de los anteriores. Te detienes con la cabeza gacha al borde de la cuneta y los conviertes en metros. A razón, ahora, de dos pasos por metro. Tantos para añadir desde el alba a los de ayer. A los del año pasado. A los de años anteriores. Tiempos distintos de hoy y tan parecidos. La suma astronómica en kilómetros. En leguas. Tantas vueltas, ya, a la tierra. Detenida también a tu lado, mientras calculas, la sombra de tu padre. Con sus viejos harapos de vagabundo. Por fin, adelante codo con codo, a partir de cero otra vez.

Llámese el oyente H. Aspirada. Hache. Tú, Hache, estás boca arriba en la oscuridad. Y que sepa su nombre. Ahora nada de que acierte a oír. De que no se dirijan a él. Si bien, en pura lógica, nada de eso en cualquier caso. ¡Nada de palabras murmuradas a su oído para preguntarse si irían dirigidas a él! Así está. Desaparecida, pues, ese ligera inquietud. Esa vaga esperanza. Para alguien con tan pocas ocasiones de sentir. Tan incapaz de sentir. Que a nada mejor aspira, de poder aspirar, que a nada sentir. ¿Es deseable? No. ¿Tendría con ello mayor compañía? No. Entonces, que no se llame H. Que sea de nuevo lo que era. El oyente. Innombrable. Tú.

Una playa. El atardecer. La luz se extingue. Pronto no quedará ni sombra. No. No habrá entonces ausencia de luz. Iba extinguiéndose y nunca acababa de desaparecer. Estas de espaldas al mar. No se oye otro ruido que el de esta. Cada vez más apagado, a medida que se aleja. Hasta que vuelve despacio. Te apoyas en un largo bastón. Tus manos descansan en el pomo y la cabeza en aquellas. Si se abrieran tus ojos, lo primero que verían muy abajo y en los últimos rayos serían los bajos de tu abrigo y las palas de tus botas hundidos en la arena. Después y sola, hasta desaparecer, la sombra del bastón de arena. Desaparecer de tu vista. Noche sin luna ni estrellas. Si se abrieran tus ojos, la oscuridad se aclararía.

Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.

BECKETT, Samuel. Compañía.